¿Cuáles son las causas de la obesidad infantil?

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La Organización Mundial de la Salud reconoce que la creciente prevalencia de la obesidad infantil se debe, principalmente, a cambios sociales. Este problema se asocia, fundamentalmente, a una mala dieta y a una escasa actividad física, pero no está relacionada únicamente con el comportamiento del niño, sino también con el desarrollo social y económico y las políticas en materia de agricultura, transportes, planificación urbana, medio ambiente, educación y procesamiento, distribución y comercialización de los alimentos.

El problema es social y, por consiguiente, requiere un enfoque poblacional, multisectorial, multidisciplinar y adaptado a las circunstancias culturales.

Al contrario que la mayoría de los adultos, los niños y adolescentes no pueden elegir el entorno en el que viven ni los alimentos que consumen, por lo que presentan una capacidad limitada para entender las consecuencias a largo plazo de su comportamiento. Así, necesitan una atención especial en la lucha contra la epidemia de la obesidad.

Para que un individuo aumente su grasa corporal es indispensable que tenga, o haya tenido, un balance calórico positivo. Los mecanismos para tener esta condición son el aumento de la ingesta alimentaria (energética) o la disminución del gasto calórico, y lo más frecuente es que concurran ambos mecanismos. Tanto en el aumento de la ingesta como en la disminución del gasto influyen factores genéricos, ambientales y de patologías asociadas.

Lo cierto es que la etiopatogenia de la obesidad es compleja y, probablemente, heterogénea. Existen algunos casos en los que es identificable una causa primordial que contribuye a su desarrollo, como en el caso de ciertas enfermedades genéticas, patologías endocrinas… Sin embargo, en la mayoría de los casos no es posible identificar una causa única, aunque la fisiología del cambio de peso sea clara y no dé lugar a dudas: se gana peso cuando la ingesta energética sobrepasa el gasto calórico.

Las dos razones más comúnmente aceptadas para el aumento de la prevalencia de la obesidad infantil son algunas prácticas dietéticas pobres y la reducción generalizada de la actividad física. La pregunta es: ¿Son los únicos culpables?

Cuando se pone en duda la solidez de las pruebas de las dos grandes causas como principales contribuyentes, no se cuestiona la importancia de la ingesta de energía y del gasto de energía, sino el hecho de no descuidar las posibles contribuciones de otros factores en el equilibrio entre la ingesta y el gasto energético.

Las actuales recomendaciones nutricionales, con una base importante de la dieta en hidratos de carbono, deben racionalizarse e insistir más en la ingesta de hidratos de carbono de absorción lenta, así como cereales, pastas y arroces integrales.

Por tanto, el balance del consumo de proteínas debe aumentar y, para ello, hay nuevas recomendaciones sobre un plato equilibrado, donde se apuesta por cereales integrales, un aumento importante de frutas y verduras y un incremento en el porcentaje de proteínas en la dieta. Además, se han reducido las prescripciones sobre determinados hidratos de carbono altamente refinados.

Por otro lado, las recomendaciones sobre actividad física son insuficientes en cuanto a intensidad, y los niveles necesarios de actividad física deben conseguir cambios en las adaptaciones hormonales al ejercicio y en la condición física para poder alcanzar el efecto de incrementar el gasto energético. Si no, se corre el riesgo de provocar el efecto contrario: aumentar el apetito y reducir el metabolismo basal.

Además, el tener uno (o ambos) progenitor con obesidad incrementa también el riesgo de ser un niño obeso, pero este factor, aisladamente, no predice las características ponderales individuales, lo que refleja efectos combinados de varias genéticas, del ambiente familiar y de factores externos a la familia. La verdad es que, por muy importante que sean los genes, el interés etiológico en la obesidad se centra en los cambios en el balance energético. El mantenimiento de un peso estable requiere un delicado equilibrio entre la ingesta y el gasto energético. Los niños pequeños son capaces de ajustar su ingesta a su gasto, pero, a medida que crecen, esta capacidad se va perdiendo.