¿Es hereditaria la depresión?

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La depresión es un trastorno mental caracterizado fundamentalmente por un bajo estado de ánimo y sentimientos de tristeza, asociados a alteraciones del comportamiento, del grado de actividad y del pensamiento. Supone una de las patologías más frecuentes en Atención Primaria y es la primera causa de atención psiquiátrica y de discapacidad derivada de problemas mentales. Aparece con más frecuencia en mujeres y en personas menores de 45 años. Pero, ¿cuáles son las causas?

   Salvo algunos casos de depresión asociada a enfermedades orgánicas (enfermedad de Parkinson, tuberculosis, etc.), la depresión se produce generalmente por la interacción de unos determinados factores biológicos (cambios hormonales, alteraciones en los neurotransmisores cerebrales como la serotonina, la noradrenalina y la dopamina, componentes genéticos, etc.), con factores psicosociales (circunstancias estresantes en la vida afectiva, laboral o de relación) y de personalidad (especialmente, sus mecanismos de defensa psicológicos).

   Los síntomas nucleares de la depresión son la tristeza patológica, la pérdida de interés y de la capacidad de disfrutar y una disminución de la vitalidad que limita el nivel de actividad y produce un cansancio exagerado, que aparece incluso después de realizar pequeños esfuerzos. Además, pueden aparecer otros síntomas, como los sentimientos de culpa o de incapacidad, la irritabilidad, el pesimismo ante el futuro, las ideas de muerte o de suicidio, la pérdida de confianza en uno mismo o en los demás, la disminución de la concentración y la memoria, la intranquilidad, los trastornos del sueño y la disminución del apetito y de la libido, entre otros.

TIPOS DE DEPRESIÓN

   Las depresiones pueden clasificarse de una manera sencilla en varios tipos. La depresión mayor tiene un origen más biológico o endógeno, con un mayor componente genético y menor influencia de factores externos. Puede aparecer de manera recurrente y, en algunos casos, guarda una cierta relación con la estación del año. En contraposición, existe la depresión reactiva, causada por una mala adaptación a circunstancias ambientales estresantes.

   También estaría la "distimia", antiguamente conocida como neurosis depresiva, que se caracteriza por un cuadro depresivo de intensidad menor a los anteriores, de evolución crónica (más de dos años), sin periodos asintomáticos y con sentimientos de incapacidad y somatizaciones. Este último tipo de depresión parece guardar una relación más estrecha con la forma de ser y con el estrés prolongado. Por último, existe un tipo de depresión denominada enmascarada, que en vez de manifestarse con los síntomas ya referidos, aparece como molestias orgánicas (somatizaciones) o cambios en la conducta.

¿DÓNDE SE CLASIFICARÍA EL FACTOR HEREDITARIO?

    El doctor Molero, psiquiatra de la Clínica Universidad de Navarra (CUN), explica a Infosalus.com que el tema de la genética va englobado en qué causa la depresión. "Se sabe que no existe una causa única sino que más bien es el resultado de una combinación de factores genéticos, bioquímicos, sociales y psicológicos. Como media se suele aceptar una heredabilidad de entre el 40 y el 50%, y hay algunos tipos de depresión que se transmiten de generación en generación. Eso sí, también puede presentarse en personas que no tienen antecedentes familiares de depresión", señala el experto.

    En este sentido, indica que no se conocen genes que causen por sí mismos la depresión, aunque sí se han identificado algunas variantes genéticas que podrían contribuir a facilitar que los síntomas aparezcan. "Se acepta actualmente que la depresión ocurre al combinarse un mayor o menor componente de riesgo genético junto con la vivencia de situaciones ambientales adversas (traumas que ocurran en edades tempranas o la adversidad en la infancia precoz, por ejemplo), que también pueden aumentar el riesgo", precisa.

   Así, resalta que cualquier situación estresante, especialmente si es mantenida en el tiempo, o es del tipo "pérdida" (como la pérdida de un ser querido, por ejemplo), en personas con vulnerabilidad genética a tener depresión puede precipitar la aparición de síntomas depresivos. "El estrés psicosocial también influye. Otro factor de riesgo tiene que ver con los rasgos de personalidad, maneras de ser que predisponen a la depresión. Las personas que son más ansiosas, más obsesivas o más impulsivas tienen un riesgo mayor de padecer depresión. Otro factor muy importante es la enfermedad médica, especialmente la grave y crónica, y que además cursa con dolor, por ejemplo el cáncer, la diabetes, algunos trastornos neurológicos o la enfermedad cardiovascular", añade.

   Igualmente, menciona que, hay investigaciones que sugieren que situaciones como el sedentarimo, la obesidad, el tabaco, la hipertensión arterial o las dietas poco saludables también podrían contribuir en un incremento del riesgo para padecer depresión.

   Por tanto, Molero recalca que no es preciso hablar de depresión genética como tal. La depresión tiene unos síntomas comunes, y se llega a padecer por una combinación de factores, entre los que se encontraría el riesgo genético, y donde también jugaría un papel muy importante la adversidad ambiental, social, o una situación de estrés. "En las personas que tengan mayor riesgo genético de padecerla, habitualmente se necesitan menos acontecimientos vitales adversos (o incluso ninguno) para que se presenten los síntomas. En cambio, en las personas con un componente menor de vulnerabilidad genética o biológica en sentido amplio, suele observarse un mayor componente de estrés psicosocial mantenido como precipitante de los síntomas depresivos", puntualiza el psiquiatra de la CUN.

¿CUÁL ES EL PRONÓSTICO?

Estudios recientes afirman que aproximadamente un 15% de los pacientes con depresión evolucionan a la cronicidad. No obstante, el tratamiento con psicofármacos y/o psicoterapia consiguen, en la mayor parte de los casos, aliviar parcialmente o en su totalidad los síntomas. Una vez se han superado los síntomas de la depresión convendrá seguir bajo tratamiento antidepresivo el tiempo necesario para evitar posibles recaídas. En algunos casos, el tratamiento deberá prolongarse de por vida.